jueves, junio 02, 2005

Abducidos por extraterrestres

A David Waisman alguien debería ponerle un bozal. Como a Hannibal Lecter. Waisman es un personaje que, si tuviéramos un sistema electoral decente, alguito razonable, con voto libre y sin voto preferencial, por ejemplo, no habría pasado de menordomo de Toledo, porque ni como mayordomo califica. O sea, no estaría gobernando.
Pero ahí está, fuera de sí, desatado, bailando, lanzando bromas de doble sentido, hablando paparuladas, como Cucharita cuando recién fue contratado por Yola Rocker. Representando a esa democracia tan peruana, que en realidad no es democracia, que quiere presentarse como rescatada de las garras de los corleones, de la yakuza, pero que sólo ha sido reducida a chapuza. Bien a la corbata, eso sí.
Pero democracia chapucera, a fin de cuentas, es lo que tenemos. Tercermundista. Por momentos boliviana, a ratos ecuatoriana, y a raticos venezolana. Nuestros espejos. Lugares donde se vota de tiempo en tiempo, para que las cosas no cambien, para que todo siga igual. Como una pandemia. El Perú no se merecía tener este gobierno tan mediocre ni el presidente tan insignificante que tenemos ahora mismo. Hemos sido traicionados, otra vez, por los políticos. Y ahora, maldita sea, nos soplamos sus rebuznos y los aspavientos de cortesanos de dientes alicatados. Estamos totalmente copados.
Cercados por lo deleznable. Sin avizorar destellos de inteligencia en el horizonte. Sin poder hacer nada para cambiar las cosas. Atrapados por instituciones que se ponen indefectiblemente al servicio de las ambiciones de los poderosos. Si por mí fuese, propondría el suicidio para nuestra clase gobernante. A manera de epílogo de su fracaso. Es lo mínimo que cabe exigirle a las actuales ladillas del poder. En el caso particular de este gobierno, está claro que no tiene remedio.
A un año y un mes de su partida, su intrascendencia de peluche, su debilidad ante la calle y las piedras en las carreteras, su incompetencia para aplicar reformas medulares, su corrupción rampante, nos indican que el nombre de Toledo será para los peruanos del futuro un déjà vu del desgobierno, de la improvisación, de la debilidad. Un sinónimo del caos. Del caos endiablado, aéreo, enrevesado, mayúsculo, monumental. ¿Y después de él? La incógnita. Típico en países como el nuestro. La incertidumbre corrosiva. Como sea. Quien vista la banda presidencial, arropado por el voto popular, no puede ser un político de salón, de lobby, de ideas populistas, proteccionistas y estatistas, o de elección a dedo, nepotista y camarillera, como hemos tenido a pastos en el pasado.
Quien vista la banda presidencial, y tome las riendas de lo que quede del Perú para entonces, está obligado a tener dos virtudes que combinen, y que fueron descritas con brillo por Fernando Rospigliosi el pasado domingo en Perú21: persuasión y firmeza. La cosa va por ahí. O tenemos gobierno o saltamos al abismo, como clavadistas de Acapulco. O tenemos autoridad, y salimos adelante, o mejor que nos secuestren los extraterrestres, y a vivir todos a Ganímedes, con Sixto Paz.
Pedro Salinas
patentedecorso@terra.com.pe

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