martes, mayo 12, 2026

El verdadero conflicto no es ideológico, sino ético.


 

Hay un sector que culpa de todos los males del Perú a la izquierda. Sin embargo, resulta curioso que el país lleve décadas gobernado por presidentes de distintas tendencias ideológicas.

Lo que ese sector no llega a entender es que a estas alturas, en el Perú no existe una verdadera derecha democrática —como la alemana— ni una izquierda liberal sólida, como la que existe en varios países europeos. Lo que predominan en el Congreso y en gran parte del aparato político son mafias, redes clientelares y clanes familiares que utilizan el poder para beneficio propio o partidario.

Se escudan bajo etiquetas ideológicas —unas veces de izquierda, otras de derecha—, pero en la práctica comparten el mismo objetivo: capturar el Estado, repartirse cargos y perpetuar un sistema donde el mérito y el interés público quedan relegados.

Mientras el país siga en manos de grupos políticos convertidos en empresas familiares y de instituciones débiles, donde se vulneran derechos básicos y la seguridad jurídica es precaria, las élites y grupos de poder continuarán utilizando el Estado para extraer recursos y privilegios en beneficio propio.

Ahí están las leyes con nombre propio, las reformas diseñadas para debilitar la separación de poderes y las normas que mantienen beneficios tributarios para grandes empresas. También vale preguntarse por qué nadie impulsa seriamente la despolitización y la meritocracia en instituciones como la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional del Perú, la Fiscalía de la Nación del Perú o la Defensoría del Pueblo del Perú.

La respuesta es simple: las instituciones débiles son funcionales al poder. Permiten capturar el Estado, garantizar impunidad, manipular la justicia y convertir lo público en un botín al servicio de intereses particulares.

Por el contrario, las instituciones sólidas e inclusivas —basadas en el Estado de derecho— son las únicas capaces de limitar los abusos del poder político y económico, fortalecer la sociedad civil, promover la creación de riqueza y consolidar un círculo virtuoso de desarrollo y estabilidad democrática.

Reducir el problema del Perú a una simple disputa entre “izquierda” y “derecha” es no entender la raíz del problema. El verdadero conflicto no es ideológico, sino ético: entre quienes usan el poder para servir y quienes lo usan para servirse.

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