domingo, diciembre 17, 2006

La Piscina del Doctor Alan García

Un excelente artículo del periodista César Hildebrandt.
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Una piscina en Palacio
Dice el doctor Alan García que sólo él se ha preocupado por los jubilados, a los que acaba de amortizarles 319 millones de soles en conjunto. Se trata de más de 48,OOO jubilados por encima de los 80 años y pertenecientes al régimen de la ley 19990, escalafón que incluye a la santa madre del señor presidente de la República.
Todo esto está muy bien, excepto que el doctor García, como casi siempre, no dice la verdad cuando afirma que ha pasado muchísimo tiempo que no se hacía nada por los jubilados y que sólo su régimen –socialdemócrata y sensible– los ha recordado en su postergación y abandono.
Pero resulta que Toledo, un presidente que no es santo de la devoción de muchísimos peruanos (entre los que se encuentra este modesto escriba), hizo, si las cuentas se cerraran hoy, bastante más que García por los jubilados.
En efecto, el gobierno de Toledo –a pesar de los Kuzinsky, la cándida Eréndira y su abuela desalmada– les dio a los jubilados de la 19990, 338 millones de soles en el año 2004 y 478 millones de soles en el 2005, tal como consta en los decretos supremos 121-2004-EF, 108-2005-EF y 168-2005-EF.
Es decir, que en los dos últimos años de su gestión la administración de Toledo aportó 816 millones de soles al bolsillo de los jubilados más desatendidos del Perú. No es mucho, probablemente, pero en todo caso es más que el doble de lo dado, con euforia y carácter de primicia bamba, por el doctor García.
¿Por qué el doctor García no puede decir la verdad? ¿Por qué debe, por lo general, patear a la verdad por detrás para luego decir que fue un rodillazo pedagógico, un piernazo a lo Pestalozzi, casi un jalón de orejas suavecito impartido en un salón del Santa Eufrasia?
Yo estoy convencido de que para el doctor García no hay aventura intelectualmente más excitante que mentir, que dejar alelados a los otros con una mentira bien pensada y mejor fraseada. Si a Toledo la mentira le salía mal, si Toledo era hasta un pésimo mentiroso, a García la mentira le fluye como a Herodoto le fluye la memoria y a Ronaldinho la burundanga. Si García Márquez inventó Macondo, Alan García inventó a Alan García, que es nuestro Aracataca portátil y en bividí. García no es sólo un personaje: es un lugar, un Atlas personal de lo real maravilloso y lo real espantoso, todo mezclado y revuelto en los mismos vapores de mendacidad.
Dicen que Talleyrand, que tanto parentesco moral tiene con el susodicho, dijo alguna vez:
–Sólo hay una cosa más peligrosa que la calumnia: la verdad. Y es cierto para el caso de los políticos convertidos ellos mismos en sus propias obras vivas. Con lo que llegamos a la conclusión de que hay algo filosófico en la mitomanía extremista. Hasta la teoría hayista del espacio-tiempo histórico, que es un intento de conciliar a Einstein con Eudocio Ravines, sería parte de esa inapetencia por la verdad. Porque, en el fondo, Haya quería decirnos que lo que hiciéramos podría ser juzgado de modo distinto según la época y la perspectiva, y eso ha implicado para García, como discípulo y heredero, que la relatividad que comba el espacio y hace imposibles algunas mediciones paralelas relativiza también las reglas, la relación con los otros, la ética, la teoría del deber ser y todos los etcéteras adjuntos.
Por ejemplo, cuando el doctor García nos gobernó por primera vez –1985-1990 aA (antes del Apocalipsis)– mandó a construir, en un bello patio interior de Palacio de Gobierno, una piscina enorme, a un costo indeterminable, para el disfrute de él, su santa familia y el entorno de rómulos y remigios que en aquel tiempo tanto disfrutaba de su compañía.
Él piensa –siguiendo con el ejemplo– que ahora nadie puede recordarle eso y que, en todo caso, eso será juzgado con un prisma más benévolo, hoy que los mineros lo quieren, los banqueros lo miman y los jubilados –con justa razón– lo aplauden.
Pero la piscina sigue allí, al sur de Palacio, rompiendo la armonía de un patio interior de diseño neoclásico, que lucía azulejos preciosos y en una de cuyas esquinas todavía verdea la higuera de Pizarro –que no sé si será de Pizarro pero es un mito clorofílico y eso es bueno para el turismo–.
El doctor García mandó hacer esa piscina en la época en que todos los gastos de la presidencia se cargaban a cuenta de la Casa Militar, sin especificaciones ni facturas ni ninguna documentación de respaldo. Por lo tanto, no hay una sola huella contable del costo de esa obra intrusa, que no debe de haber bajado de los cuarenta mil dólares a ojo de buen cubero, y que es visible hasta para la imagen satelital de Google.
¿Dio el Instituto Nacional de Cultura su visto bueno a tamaña monstruosidad? No lo sabemos. No hay constancia de ello en Palacio porque todos los documentos de ese quinquenio parecieron cremarse como si fueran los intis que la inflación flambeaba en las vitrinas.
¿Se investigó alguna vez el asunto? Nunca. ¿Era necesaria una piscina en el palacio de Gobierno del Perú? Desde luego que no. ¿Ya ve, doctor García? Hay verdades que no están sometidas al espacio-tiempo histórico. Una marmórea piscina, por ejemplo. Una piscina mandada a hacer con dinero de todos para disfrute de quienes inventaron Enci.
P.D. Circula un correo electrónico lleno de verdades. Lan ya se sacó de encima la competencia de Aerocontinente, Tans Perú, Wayra Perú. Ahora pretende destruir a las agencias turísticas peruanas porque tiene un plan para apoderarse de ese mercado. Tetelemeque, en Torre Tagle, sabe de este plan porque ya ha sido informado pero no hace nada. Lo único que queda es sabotear a Lan y comprar boletos de Aerocóndor y Star Perú. En la maniobra de Lan participan Taca e Iberia. No nos extraña. El cielo peruano ya es sólo de los gallinazos. Lo vendimos con garúa y todo.
César Hildebrandt

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