viernes, mayo 20, 2005

Es un error que el Estado invierta en una aerolínea.

Al margen de los inconvenientes constitucionales que se pueden presentar para que el gobierno concrete una inversión del Estado en la creación de una aerolínea comercial -conjuntamente con capitales privados de procedencia española-, el solo hecho de que la administración del presidente Alejandro Toledo esté evaluando esta posibilidad refleja una seria confusión en materia económica.
En lugar de estar pensando en invertir recursos públicos en operaciones empresariales de riesgo como sin duda es una aerolínea, el gobierno debería dedicarse a identificar los factores centrales que se requieren para promover una mayor competencia en el transporte comercial de pasajeros y de carga.
El gobierno del presidente Toledo podrá ofrecer, como balance de su lustro en el poder, una correcta evolución en materia económica, la cual ha aprovechado un contexto internacional favorable. Ciertamente, se hubiera avanzado más si no fuera por la timidez para proseguir reformas que son indispensables, así como por el caos sistemático que aporta un Congreso abocado a crear desorden en la actividad empresarial.
Sin embargo, su récord en el rubro de la inversión pública es mediocre. Durante este gobierno no se ha corregido el tradicional problema de que el Estado peruano invierte poco y mal.
Por ello, el Sistema Nacional de Inversión Pública -entidad dependiente del MEF- tiene tantos problemas para tratar de persuadir, muchas veces con poco éxito, a más de un ministro desenfrenado que pretende comprometer recursos públicos en proyectos de escasa rentabilidad social por el simple deseo de satisfacer las necesidades políticas de Palacio de Gobierno.
Una inversión estatal en la 'aerolínea de bandera' será como miel para el oso gubernamental dominado por el aparato partidario con el fin de obtener prebendas de todo tipo. Así ha sido tradicionalmente en el país y así lo sigue siendo ahora, por ejemplo, en Petroperú o Corpac, empresas que se han convertido en caja chica para los gustos palaciegos o para el enjuague de escándalos como el de las firmas falsas.
Augusto Alvarez Rodrich

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